Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




viernes, 28 de julio de 2017

Un encargo que me cambiara la vida



   Eulalio llevaba más de cinco meses sin recibir un pedido. Aquel oficio aprendido de su abuelo y que practicaba en su tiempo libre, terminó por convertirse en su medio de ganarse la vida. Comenzó disecando palomas, a veces algún conejo, hasta que un vecino, aficionado a la caza, descubrió su afición, y empezó a llevarle piezas cobradas en alguno de sus madrugones de domingo de veda.

  Su trabajo exquisito, impecable, de un realismo sorprendente, no dejó indiferente a los miembros del coto de caza al que perteneciera aquel convecino. Su fama como taxidermista fue acrecentándose casi sin querer, hasta el punto de obligarle a abandonar su trabajo, como conductor de un taxi. Las doce horas de volante diarias, no le proporcionaban ni de lejos los pingües beneficios que el arte de embalsamar le dejaba. Así se convirtió en habitual de monterías de fin de semana, asistiendo como invitado, junto al veterinario de turno que certificaba la condición de apta para el consumo de la carne de aquellas piezas que se abatían. Por sus manos, pasaban perdices, codornices, zorros y algunas piezas de caza mayor, como venados y jabalíes. Uno de estos últimos suponían muchas semanas de trabajo, pero a mayor esfuerzo, mayor era también la compensación económica que llegaba a su bolsillo.

  Cuando sonó el teléfono a primera hora de la mañana, Eulalio pensaba que era el director del banco, aprestándose a conminarle por tercera o cuarta vez a que hiciera frente al pago de la cuota de la hipoteca. La ira le embargaba al comprobar como aquel mismo sujeto, que tan amable y atento le trataba de usted cuando en la cuenta no había números rojos, ahora le requería con modales toscos, amenazándole incluso con iniciar pronto un procedimiento de embargo. Eran ya tres las cuotas no atendidas, y la dificultad de la situación, había agriado su carácter, alterado su tensión arterial, y afectado a su relación de pareja, haciendo la convivencia en casa algo casi insoportable.

  Pero no, no era el del banco. Quien le llamaba decía llamarse Emilio, sin más y había tenido conocimiento de su persona en una montería de alto copete celebrada en una finca de la provincia de Jaén, hacía casi dos años atrás. Eulalio la recordaba perfectamente; a ella había acudido mucha gente famosa, incluido un ministro al que precisamente le costó el cargo asistir a aquella batida sin tener en regla su licencia de caza.

  Escueto en su mensaje, le citaba a las siete de la tarde en la recepción del Hotel Villa Magna; una vez allí ya le darían más instrucciones. 

  Aquello sonaba a encargo de calado. Mientras sacaba excitado su traje azul marino del armario, al que no se le iba el olor de las bolitas de alcanfor para que no se apolillase, su mente vagaba tratando de imaginar qué tipo de encargo le harían. Tal vez se tratase de algún animal exótico, un tigre o un oso,  o quizá le presentaran una pieza de dimensiones grandes, un toro o un elefante, el sueño de todo taxidermista.

  No quería llegar tarde. Salió con tiempo de casa y el metro le dejo cerca de su destino, media hora antes. Dio un pequeño paseo hasta el hotel para preparar mentalmente sus posibles respuestas en la entrevista. A las siete menos cinco estaba sentado en uno de los sofás de cuero enfrente de la recepción, mirando a un lado y a otro, tratando de descubrir que aspecto tendría el tal Emilio.

  No le hizo esperar. Puntual se presentó delante de él un señor mayor, de unos sesenta años, vestido con un chándal verde oscuro. Tras darle la mano le pidió que le acompañara a los ascensores, la entrevista se celebraría en la habitación donde se hospedaba su jefe. Subían al piso octavo, cuando  notaron como un extraño olor iba expandiéndose por el entorno, sin saber muy bien a qué podría obedecer; un pequeño hilo en forma de humo blanco que entraba por la rendija inferior de la puerta, les anticipó lo que encontrarían al llegar a su destino. 

  Eulalio notó como de repente se aceleraron sus pulsaciones. Un sudor incontrolable a chorros, corría por sus sienes, donde los latidos de su corazón repicaban como martillazos. Mientras su compañero del chándal verde salía disparado hacia las escaleras de emergencia, caminando a cuatro patas para evitar ahogarse con el humo blanco que comenzaba a expandirse; él ni siquiera llegó a salir, fue poco a poco escurriéndose apoyado de espaldas contra la pared de aquel habitáculo. Su cara era la viva imagen del horror. Intentando insuflarse aire, se desanudaba desesperadamente el nudo de la corbata y su boca hacía por introducirse aire en unos pulmones que creía faltos de oxígeno. Por su cabeza pasaban como en una película, recuerdos del incendio en la casa del pueblo, que la redujo a cenizas; desde entonces quedó grabado en su memoria una imagen: la de su padre intentando abrir una puerta atascada, mientras una traviesa de madera ardía como una tea sobre sus cabezas. Si hubiera tardado unos segundos más habría caído sobre ellos, quien sabe si matándolos. Aquel percance quedó enterrado en la memoria del niño de seis años que era entonces, alimentando así un pavor enfermizo hacia el fuego, el humo y las llamas.

  Un cuadro eléctrico de la octava planta sufrió un pequeño incendio, más aparatoso que grave, por culpa del denso humo que unos cables quemados provocaron. Sofocado casi al instante, hubiera quedado en una anécdota si las asistencias no hubieran tenido que atender a una persona que encontraron tirada en el suelo de un elevador, sin pulso. Había sufrido un infarto. Con suerte consiguieron reanimarlo. Aquel encargo que iba a salvar su maltrecha economía solo le trajo un accidente coronario grave que lo convirtió en una persona enferma e invalida; nunca más volvió a tener el pulso necesario para manejar el escalpelo con que cortaba la piel de sus piezas a embalsamar.

  A veces Eulalio sueña con aquella tarde y con su misterioso cliente, al que nunca conoció ni del que supo su identidad. Recuerda lo que se dijo antes de entrar al establecimiento: - Este seguro, es un encargo que me cambiará la vida-. No se imaginaba en aquel momento, cómo de premonitorias serían aquellas palabras.