Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




martes, 26 de enero de 2016

Fiesta retrógrada

  Hay imágenes que hablan por sí solas, que transmiten un mensaje claro y nítido que permite comprender que hay detrás de las mismas. Hoy me propongo hablar de una foto; en ella el que la suscribe, entre otras cosas porque aparece en la misma, trata de mostrar al mundo su orgullo por su profesión y por lo que hay detrás de ella; trata de enviar al mundo un mensaje de tradición y orgullo con el que reivindicar la estirpe familiar a la que pertenece y, por extensión, la práctica supuestamente artística que realiza.

  El sentido del ridículo, ese que habitualmente nos hace sonrojarnos al tiempo que nos paraliza porque pensamos que hacemos algo que no va a contar con la aprobación de los demás es algo que según en que casos es un problema. En el caso de esta foto, si se aplicase, sería una virtud. Ver a un individuo con una muleta en una mano cargando con la otra a un menor al tiempo que da un muletazo a una vaquilla,  debería sonrojar antes que alarmar. Sonrojar porque se convierte ese gesto en un ejercicio absurdo de valentía, donde un mínimo traspiés puede provocar que el menor sufra un revolcón por parte del animal. Ejercicio que además de absurdo, raya en lo imprudente, y como tal, merece ser cuando menos reprendido.

 El mundo de la tauromaquia sigue su particular proceso de involución, de enroque contumaz y numantino, de falta de adaptación a unos nuevos tiempos donde la sensibilidad ante los animales ha crecido y sigue creciendo en lo que se ha convertido un verdadero grupo de presión capaz de conseguir docientos mil votos en unas elecciones generales. Frente a ese creciente estado de ánimo colectivo, los integrantes del gremio prefieren obviar la realidad, como muestra la famosa foto, que independientemente de las críticas que por falta de precaución  o temeridad pueda merecer el que la firma, carece de toda suerte de tacto e inteligencia mostrando a un menor delante de un animal cuya contundencia siempre lo hace peligroso, incluso en sus edades mas tiernas.

  El aluvión de críticas no se ha hecho esperar, y como respuesta, compañeros de faena han salido al quite del impelido mostrando en redes sociales fotos similares a la que aquí se refiere. Los que las suscriben dicen que lo hacen por solidaridad, por respeto a una profesión que es un arte, gracias a la cual el animal al que masacran inmisericordemente en los ruedos, no se ha extinguido. La tozudez y cinismo de quienes practican esta actividad, no tiene parangón.

  Fiesta retrógrada. Condenada a estinguirse por más que algunos políticos quieran preservarla con leyes protectoras. Incapaces de adecuarse a los nuevos tiempos, de respetar la sensibilidad de la mayoría que no disfruta viendo sufrir a un animal. Al acoso que desde algunas instituciones se viene practicando contra las corridas, eliminando subvenciones públicas, cancelando ferias taurinas, o prohibiéndolas por ley, de cuya acción Canarias es pionera antes que Cataluña, cabe sumar como enemigos de la misma los propios toreros y sus propias prácticas y gestos absurdos de quienes dicen buscar con ello defender su estilo de vida, su profesión y toda la tradición que hay detrás de ella.  No son gente inteligente, no tienen tacto, no saben transmitir los posibles valores que el toreo pueda conllevar, si es que conlleva alguno. Ni Goya, ni Picasso, ni Barceló, ni ninguna tradición artística u opinión conseguirán parar el lento declinar de una práctica que nunca fue una fiesta y  a la que la puntilla le vendrá de la mano de lo meramente económico, al ser un espectáculo que en su decadencia empieza a no dar dinero. Lejos quedan aquellos tiempos en que un torero era equiparable a un futbolista, en fama y bolsillo. Lo que no se adapta perece y el margen de adaptación de esta actividad es nulo, por muchos tomases que consigan disparar las reventas en algún coso al otro lado del charco.