Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




miércoles, 13 de enero de 2016

Cuento de navidad no apto para madres




  Chard era un capullo, un crápula sin escrúpulos que pasaba todas las horas libres de que disponía cometiendo alguna de sus infinitas tropelías. Amalia, su secretaria, lo sabía bien; buena parte de sus labores como asistente consistían en llevar al día la agenda de un cincuentón pasado de rosca, que se resistía a sentar la cabeza y a llevar una vida ordenada. Hacía ya muchos años de aquella noche en que Amalia, admirada del talento de su jefe, empresario de éxito, acabó aceptando la invitación para ir a cenar con él después de una jornada maratoniana de trabajo. Aquella noche aceptó meterse una raya de coca por primera y única vez en su vida; aquella noche acabaron follando a la entrada de un garaje sobre el capo del coche. Para Chard no fue más que una muesca en la culata, otra secretaria más que se pasaba por la piedra; para Amalia fue el acto de amor más entregado que haya tenido nunca con quien era, desde hacía más de quince años, el amor de su vida.

  Aquellas navidades no serían diferentes a otras. En vísperas de la nochebuena, Chard tomaría una copa con sus empleados, y despediría a Amalia con su tradicional beso en la mejilla y su botella de vino francés. Amalia llegaría a casa de sus padres con aquella joya embotellada que su  padre disfrutaría como siempre mientras ella se sumía en una profunda melancolía. Por más que lo intentaba, no podía dejar de pensar en él. Sabía que volvería a cenar solo en nochebuena, y que después de pillarse un colocón con todo lo que tuviera a mano, acabaría llamando a cualquier fulana o  a alguna línea erótica. 

 Chard aquella nochebuena estaba más pasado revoluciones que nunca, las pastillas de ácido que le habían vendido, le habían puesto en órbita de tal manera que apenas si conseguía tenerse mientras intentaba comer el pavo que había encargado para la cena. Miraba la televisión, cuando la presentadora del especial de nochebuena de aquel canal, de repente sin venir a cuento, calzó una ostia a Alejandro Sanz a quien hasta ese momento entrevistaba, haciéndole caer de espaldas sobre una guitarra. En ese momento Chard sintió que desde la tele le miraban fijamente, al tiempo que le decían:

       -         Chard, ¿Sabes quién soy?

       -          No, ni idea,  ¿Quién eres?

       -     Soy el fantasma de los tripis pasados

       -     ¿Perdón, me estás vacilando gilipollas?

 Fue decir eso cuando la presentadora salió literalmente de la pantalla plana de plasma, como en las películas,  y sin mediar palabra alguna, calzó a Chard otra ostia de dimensiones colosales, tan grande o más que la que antes propinó al que cantaba lo del corazón partío. Chard, desde el suelo, miraba atónito a aquella mujer que con aire arrogante, antes de decirle nada más, volvió a sacudirle, propinándole una patada en el estómago que hizo a Chard vomitar.

        -          ¿Ves cómo eres un capullo, qué haces rodando por el suelo como una triste alimaña? ¿Cuánto tiempo más crees que vas a estar así, algún día tu hígado explotará, o quizá te explote la cabeza de tanta mierda como llevas acumulada ahí dentro. Tú sigue así que verás…

  Chard no supo cuánto tiempo estuvo sobre el suelo sin conocimiento. Cuando despertó seguía tirado sobre el parqué, rodeado de su propio vómito. La televisión emitía dibujos animados. Por las cortinas se dejaba ver la primera luz de la mañana de un día de Navidad que amanecía lleno de mierda. Renqueante se dirigió al baño donde sin saber cómo habría entrado, le esperaba Natascha, la última puta que había contratado dos días antes, después de cerrar un trato con los rusos a los que llevó al picadero más caro de la ciudad, para celebrar  el contrato firmado. Se dirigió al lavabo, abrió el grifo y se lavó la cara, con la idea de despejarse un poco. Sin apenas tiempo de secarse, Natascha se acercó a él sin mediar palabra y le agarró con saña por la entrepierna, apretándole los genitales con tal fuerza que acabaron por doblar a Chard, que terminó por caer de espaldas contra el banco de las toallas, retorciéndose de dolor.

        -         ¿Se puede saber qué haces?
        -        Hacerte lo que más te gusta, ¿O ya no recuerdas lo que hicimos el otro día en el club, cariño?
        -          Estaba muy borracho…

       -    Lo sé, tanto que ni si quiera recuerdas a quien atropellaste cuando salías del club con tu coche. Me mataste hijo de puta, y lo que es peor, te diste a la fuga dejándome rodeada de ratas. Me has convertido en un fantasma, en el fantasma de tus polvos presentes. Y como soy una profesional quiero que disfrutes de mi último servicio…
-           
  Chard no podía más, le faltaba la respiración. Mientras aquella fulana despampanante de pechos operados  seguia apretando, sobre el espejo del baño se proyectó como si de una película se tratara, la imagen de aquella prostituta terminando su servicio y saliendo del local. Un instante después se cruzaba en el camino de un  Mercedes coupe, que aceleró en mitad del callejón trasero del club, por cuya puerta salía Natascha distraida. Murió en el acto. Nadie se percató de que estaba muerta hasta que el camión de la basura  hizo su ronda al día siguiente. Sin cámaras, sin testigos, Chard en cambio miraba con horror la similitud de aquel coche con su Mercedes último modelo recién estrenado.
 
       -          ¿Te gusta cariño, a que es como si te la chupara? ¿Verdad?  ¡Contesta!

 Chard a quien el sudor perlaba la frente y las lágrimas nublaban la vista, intentaba articular un sí que su garganta a duras penas intentaba pronunciar. El dolor, cada vez más acuciante, le nublaba el entendimiento, y así con sus cataplines retorcidos en manos de aquel espectro de silicona, volvió a perder el conocimiento…

  No sabía qué hora era. En mitad del baño, con la bata desprendiendo un olor nausabundo y con la pernera del pantalón llena de restos de orín y sangre, Chard se incorporó como pudo. Angustiado recordaba perfectamente todo cuanto había pasado desde que se sentara a la mesa a degustar aquel pavo de encargo. Convencido de que necesitaba desquitarse, se acercó a la botella de vino, un dom perignon de cuatrocientos euros y de un trago se bebió más de la mitad. Consciente de que se le acabaría pronto, se acercó a la cocina. Estaba a punto de llegar al botellero cuando detrás de la puerta apareció Camp, su amigo y cofundador de la empresa. 

       -          ¿Qué haces aquí? 

       -          Vengo a desearte feliz navidad.

       -         ¿Feliz navidad?, ¡Ja!, No sabes la noche que he pasado. 

       -          Eso no es nada con las que te esperan de aquí en adelante. Ven conmigo quiero enseñarte una cosa.


 Chard, cogió lo que andaba buscando y se fue detrás del espectro de su amigo,  fallecido unos años antes en accidente de avión. Juntos habían fundado la empresa, apenas meses después de terminar la carrera. Con esfuerzo y dedicación, se hicieron con una cartera de clientes, una reputación y una cuota de negocio que les convirtió en empresa puntera en su sector. Hacía ya más de siete años que había desaparecido, pero Chard nunca dejó de tener presente a su amigo, a quien sentía que debía la obligación de no dejar que la empresa nunca dejase de prosperar.

       -          ¿A qué has venido? 

       -          Soy el fantasma de las cogorzas futuras. Me han pedido que te enseñe lo que te espera de aquí en adelante si no cambias de vida. Siéntate, voy a encender la tele.

      -       ¿Pero qué dices tronco, se te va la pinza, o es que los ectoplasmas no tenéis sesera,  no ves que ya está encendida?

       -          Sí, pero este canal no es la programación que nos interesa.

 Camp cogió el mando y cambiando de canal apareció la imagen de una especie de jardín; de espaldas sobre una silla de ruedas, encorvado, se veía la silueta de un hombre de pelo canoso. La imagen se giró para mostrar el rostro de aquel sujeto. Era la cara de Chard la que aparecia, con los ojos hundidos sobre una cara seca, consumida sin apenas carnes que daban a la piel el aspecto de un pellejo arrugado y tumefacto. Con la mirada perdida, aquel hombre escuchaba lo que le decía una mujer vestida sobria y de oscuro que traía una caja de bombones bajo el brazo. No tardo Chard en descubrir que aquella mujer era Amalia.

        -          ¿Qué demonios estamos viendo, Camp?

        -          Eres tú, dentro de un tiempo. Sufrirás un ictus y quedarás paralizado. Amalia será la única que vaya a visitarte. Gracias a tu fortuna no te faltaran cuidados, pero solo ella te dará cariño, aunque sea en horario de visitas y, una vez más, sea un cariño  infructuoso y no correspondido, ya que tú no te percatarás de ello. No sé si lo hará por inercia, o porque ya se siente muy mayor para buscar a otro, porque solo tú has sido el amor de su vida. Aunque hayas sido lo suficientemente imbécil para no darte cuenta…

  Chard, soltó la botella de vino y sin apartar la mirada de aquella escena, sintió como sus ojos se anegaban de lágrimas. Lágrimas que dieron paso a un fundido a negro. Una vez más perdió el conocimiento y volvió a sumirse en la más absoluta oscuridad.

  Cuando despertó estaba en su cama, con el traje que llevaba de la oficina aún puesto. Nervioso, se incorporó rápido y vio que todo en la habitación estaba en orden. ¿Qué había pasado? En la mesa estaba dispuesta la cena. El pavo estaba intacto, nadie lo había tocado. Había pasado la nochebuena y el día de navidad durmiendo, fruto de ese chute de ácido que decidió regalarse antes de empezar sus particulares fiestas. ¿Todo lo había soñado, o había algo de realidad?, ¿Habría matado en verdad a Natascha? Iba a encender el ordenador para intentar averiguarlo cuando miró el reloj. Era ya tarde, pero cogió el teléfono y marcó diligente. Al tercer timbre, contestaron.

       -          ¿Si? 

       -          Perdóname Amalia por llamar tan tarde, pero no quería acabar el día sin desearte feliz navidad.

       -          Gracias, no esperaba tu llamada…



                                Taller de Escritura Creativa. " La Escritura desatada"
                                                  Prof. Inés Mendoza.
Texto nº 12