Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




viernes, 8 de enero de 2016

Asiento número uno

 Dan las 22:30 puntuales en el reloj de la terminal, las manijas de mi reloj coinciden casi con total exactitud con ese reloj de pared gigante que cuelga de una pared. El conductor se afana en contar los asientos ocupados antes de partir; prácticamente lleno, ocupo la plaza número uno, justo detrás del asiento del chófer. Si fuera de día me agradaría la idea de tener las inmejorables vistas de la luna delantera, como si fuese yo el que fuese conduciendo, pero siendo un trayecto nocturno, las vistas no son un incentivo, son lo de menos. Encontrar una postura cómoda con el asiento reclinado, y dormir la mayor parte del tiempo son el objetivo a conseguir y para ello es bueno tener un compañero de viaje que no ocupe demasiado espacio, los asientos están tan pegados uno a otro, que acaban convirtiendo en una pequeña batalla encontrar libre el apoya brazos intermedio, que comparten los dos asientos. Mala fortuna. Es un señor mayor que yo, tan orondo que me obliga a pegarme a la ventana para mantener un mínimo de espacio entre los dos. 

 Arranca la marcha. Siempre lo mismo. Es un callejeo mínimo, apenas diez minutos para salir de la ciudad en dirección a la autopista. Una leve sonrisa asoma en mi cara al tiempo que dejo que mis ojos vean por última vez las calles. "Hasta la próxima", me digo, mientras pasamos al lado de la casa de mis padres. Una vez que el vehículo se hace un hueco en el carril más lento de la autovía, la vista se relaja y la atención pasa a otros pormenores. Poco a poco noto que los músculos se relajan también y la mirada se pierde hacia delante, oteando con la mente en blanco los contornos de la superficie asfaltada por donde transcurre nuestro medio de transporte. El silencio va haciendose mayoritario entre mis compañeros de trayecto y en apenas unos minutos se hace dueño y señor de todo, gracias a la ayuda que las luces atenuadas le conceden. No tardan en aparecer las primeras respiraciones fuertes y los primeros ronquidos. Nadie pese a todo dice nada; es la camaradería de quienes saben que debe compartir forzadamente espacio durante una noche, la que promueve esa educación que en otro contexto no existiría. 

 No consigo dormirme. El autocar sigue su lento trayecto recogiendo en pueblos a nuevos pasajeros que terminarán por copar las sesenta plazas disponibles. Eso explica por qué tarda ese autobús de linea una hora y media más de lo que debería ser lo habitual. Acabada la última parada, seguimos ruta directa hasta la estación de servicio perdida en mitad de la madrugada donde el conductor será relevado por otro compañero.  Las horas caen así lenta pero inexorablamente. Dan las 3:00; aún nos quedan dos horas y media de trayecto y yo sigo sin ser capaz de conciliar el sueño.

 ¿ Acaso me preocupa algo?  Siempre me he vanagloriado de ir por la vida ligero de equipaje, pero a veces no es cuestión de equipajes si no de lastres, lo que posibilita que uno sea más activo. Han pasado ya más de nueve meses, un auténtico parto mental, en el que ha habido días oscuros, noches muy tristes y muchas tardes de melancolía perdidas dando paseos por la ciudad. No sabría decir por qué, pero cuando me encuentro muy atascado necesito andar,  ya sea al salir del trabajo, desde casa si es un fin de semana... sea cual sea la circunstancia esa es la panacea: cuando hay caraja, hay que caminar; es la única forma de relajar la cabeza, de poner la mente bajo mínimos, sin prisa pero sin pausa, y que los pies sean los que piensen por mi hasta que el dolor y el cansancio me inviten a retirarme de nuevo.

 ¿Será acaso el asiento que he escogido? Tener tanta visibilidad, ver como caen los kilómetros que de hito en hito van bajando en la cuenta del viaje al tiempo que suman en el cuentakilómetros del coche, quizá sea lo que me distraiga; leo los nombres de los pueblos de cada salida, que de tanto hacer ese trayecto casi sé de memoria, al tiempo que veo cómo saltamos de un término municipal a otro, de una comunidad autónoma a otra. Poco a poco nos vamos acercando a la salida 113. Poco a poco vamos acercándonos al pueblo de ella, aquel en donde pasé las dos últimas nocheviejas, aquel en donde he vivido y disfrutado de la mejor de las compañías, de las mejores amistades. Allí donde me he sentido querido y donde más he disfrutado de unas gentes tan sencillas como entrañables. Ese mismo pueblo del que perdí todo contacto cuando se hizo efectiva nuestra ruptura. Desde que eso ocurrió cuando voy por la autopista y veo que me acerco al punto kilométrico que marca la salida, cierro los ojos o miro al suelo, o simplemente escondo mis ojos tras las páginas de un libro que finjo leer pero del que no avanzo ni una sola linea. Por raro que parezca, me duele ver el cartel anunciando la salida hacia esa localidad que tantos recuerdos maravillosos me trae, y que mi corazón ha decidido utilizar como silo, donde esconder las frustraciones de mi ruptura, como si fueran residuos nucleares. Sin embargo esta noche, siento que eso va a cambiar.

 Intento engañarme, apenas si quedan cuarenta kilómetros para llegar, y finjo que voy a dormirme. Sé que no ocurrirá, Sé que mis ojos, o alguna parte oscura de mi cabeza han tomado la decisión por mi. Esta madrugada, en mitad de la más profunda oscuridad, acuciada por la nula compañía que llevamos en todo el trayecto, apenas si nos cruzamos con camiones de carga como otras veces, veré desde mi asiento número uno el nombre del pueblo, será como enfrentarme cara a cara con el problema, con toda la miseria que una relación rota deja en uno; esta noche no tengo escapatoria, es inútil mirar a otro lado, he de hacerle frente.

 Llegamos al kilómetro 113, Leo el cartel de salida. para mi sorpresa lejos de angustiarme o entristecerme, otra leve sonrisa, parecida a la que me acompañó nada mas salir de la ciudad de mis padres, me sigue en este momento. Y tras pasar por ahí mi mente se relaja, y siento que si estoy en la disposición correcta para dejarme llevar y dejarme atrapar por el sueño. En cambio no lo hago, decido seguir mirando adelante, como si quisiera prestar los ojos al conductor de autobús que acompaña sus horas de conducción nocturna con alguna emisora de música que apenas si oigo vagamente, pese a estar justo detrás de él. No puedo dormirme ahora, Necesito disfrutar del momento, siento que esta vez sí, el equipaje que va en la bodega del coche es el único que llevo en mi trayecto de vuelta a casa. He sido capaz de pasar delante de su pueblo, y lejos de arrancarme pesadumbres  o malos recuerdos,  me ha dejado una dulce sonrisa en los labios. Ahora sí, ahora es el momento de empezar a vivir mirando adelante sin permitir que cosas del pasado puedan justificar decisiones del presente. 

 Entrar en la periferia de Madrid es como ir a la feria. De repente la autopista deja de ser ese embudo oscuro por el que  abrirse paso a base de faros de neón, para ser un jardín lleno de polígonos industriales y urbanizaciones próximas a la carretera que te dan la bienvenida con sus farolas y sus espacios publicitarios. Mi sonrisa se acrecienta. Siento que sus luces se hacen por momentos mías y que mi alma renace al son de esas luminarias que los últimos kilómetros de asfalto han ido poniendo a mi lado. Llegamos a Méndez Álvaro, apenas veinte minutos antes de que den las seis de la mañana. Mi cuerpo está derrotado. Mientras hago tiempo a que abra el suburbano miro un último instante al cielo de Madrid, aún oscurecido, a sabiendas de que cuando salga del metro, para mi corazón, también habrá amanecido.




                                                 Taller de Escritura Creativa. " La Escritura desatada"
                                                                   Prof. Inés Mendoza.
Texto nº 11