Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




viernes, 9 de octubre de 2015

Comienzo de curso

 Y ya estamos de nuevo en el mes de octubre. Si algo caracteriza a este mes es ser el punto de partida de la nueva estación, el otoño, así como del curso escolar, dando por zanjado todo el descanso veraniego y sus temperaturas cálidas.

 Hacía muchos años que había dejado de estudiar. Las aulas, los libros y los exámanes formaban parte de un tiempo pasado perdido entre recuerdos y libros polvorientos, que volvió a resurgir cuando un buen día, hace ya tres años de esto, decidí volver a matricularme en la universidad. 

 Llevaba años dándole vueltas a la idea, quería estudiar de nuevo, y, a ser posible, hacerlo en algo que me gustase. He pasado los últimos veinte años formándome en cuestiones que tenían que ver con mi carrera profesional: que si mejora tu inglés, que si aprende a usar excel, que si haz un curso para desarrollar tus habilidades oratorias... Cursos y más cursos, en los que, independientemente de las capacidades y conocimientos que haya podido haber adquirido, siempre sentí que no era yo ni mi voluntad quienes ejercían de palanca a la hora de tomar la decisión de acometerlos, sino la necesidad de engrosar un currículum, al que le sobran formaciones de índole profesional y le faltan estudios de cosecha e iniciativa propias. Quizá sea porque ya tengo una edad y empiezo a hacerme viejo, o tal vez porque ando aún bajo el síndrome de los cuarenta, que repentinamente te revigoriza hasta el punto de tener la necesidad de hacer cosas, como si de ese modo suplieras mentalmente la vitalidad que físicamente sientes que poco a poco se va marchando de tus entretelas. Es por ello por lo que di el salto, y decidí matricularme en Filosofía, cumpliendo con ello un viejo sueño que con el paso de los años se había convertido en una especie de lunar que antes o después debía paliar. Llega tarde en el tiempo, pero no lo hace en mi ánimo, deseoso de retornar a mi faceta académica y lectiva.

 Se notan los años, vaya si se notan. Pese a que no he abandonado nunca el hábito de la lectura, parte esencial de mi día a día, ( no empieza un día corriente en mi caso,  en que no lea un rato, mientras desayuno, antes de salir de casa, y en que no haga lo propio, antes de acostarme), son rutinas a las que me fui habituando hace muchisimos años, y de las que no me privo, porque hacerlo, implicaría someterme a desequilibrios que terminarian por frustrarme. Con esos mimbres, con el hábito consagrado a la lectura diaria, todo parecía presagiar que mi deambular por el mundo del pensamiento filosófico sería pan comido, o cuando menos, sería ágil y poco estresante. Nada más lejos de la realidad, igual que se pierden reflejos, flexibilidad y capacidad física con el lento envejecer, también se pierde capacidad de asimilación y de absorción de información, capacidad de captar datos, y sobre todo, se pierde memoria. Esa capacidad que tenía antaño de retener ideas y conceptos, que a veces, las menos dicho sea de paso, era posible tener en la cabeza de una sola lectura, se han trocado ahora en mi vuelta a la vida de estudiante en largas y lentas tardes de lectura, en las que no pocas veces he de releer un mismo párrafo una y otra vez, para ver si me he quedado con la idea básica del texto, para comprobar si he retenido la esencia del discurso que esconden esas lineas. Alguno me dirá que es normal, especialmente si lo que se lee es un texto de Aristóteles o Kant, pensadores cuyas cabezas tenían un don casi imposible de duplicar: el de concebir en sus molleras todo un sistema existencial completo que permitiera tener una teoría con la que explicar al hombre y su entorno.La lectura de un texto filosófico ciertamente requiere de un sosiego que no necesita una lectura mas relajada de una novela, y para sacar el meollo de algunos de ellos, bien es cierto que se requiere adquirir determinadas habilidades o , incluso trucos, que te permitan captar lo básico y tener un punto de inicio desde donde poder continuar. Todo ello es cierto, pero no es menos cierto que uno ya no tiene la misma retentiva que hace veinte años y que algo tan tonto como memorizar el arjé de los filósofos presocraticos requiere de una dedicación y esmero que en otras épocas eliminaría prácticamente de un plumazo.

 Es un precio a pagar a fin de cuentas, el de aventurarme a la captura de información de hondo sentido intelectual. Un precio que uno paga con gusto. No negaré que ha habido,y seguramente habrá, momentos para el agobio y la frustración, pero al ponerme como reto el cumplir una de tantas ideas concebidas y que por una razón u otra han quedado a medias, he consiguido revitalizarme y darme unos ánimos que sólo pueden darme ilusión, esa cosa tan necesaria para hacer llevadera una vida.