Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




viernes, 16 de octubre de 2015

Buscando a Galdós


Ocurrió un domingo nublado y ventoso, por la mañana. Regresaba de ocupar mi tiempo, como hago tantos fines de semana, en la Cuesta de Moyano, ojeando libros de segunda mano. Cruzando el Parque del Retiro, en dirección a Ibiza para coger el metro de regreso a casa, un buen número de bicicletas que inundaban inusualmente el paseo antes de llegar a la Glorieta del Ángel Caído, me invitaron a preservar mi integridad, desviándome de la ruta de siempre, para iniciar con ello un extraño peregrinaje en escorzo por un puñado de correderas de tierra jalonadas por chopos, abedules y plátanos, cuyas hojas de tonalidades rojizas, coloreaban un decorado de comienzos de otoño con sus aires melancólicos; y por allí discurría mi paseo solitario, buscando con la mirada alguna ardilla traviesa, hasta que, sin quererlo, me encontré en la parte trasera del Paseo de Carruajes, lugar de ubicación de la Feria del Libro.
Y allí, en una esquina, estaba él, dándome la espalda en lo alto de un túmulo de piedra blanca, rodeado de setos y parterres. Observando la cabeza, el corte de pelo, y la forma de las orejas esculpidas, enseguida me percaté de que no podría ser otro que don Benito. No sé si había alguien cerca de mí en aquel instante, pero solté un alto y estentóreo: “¡Pero bueno, desde cuando está esto aquí!”, ¿Cómo era posible que siendo una zona tan transitada por mí, no me hubiera percatado de la existencia de esta pequeña glorieta, bautizada con el nombre del homenajeado escritor, al lado de donde instalan las casetas de la feria?
 Terminé de girar alrededor de la estatua para encontrarme enfrente del cronista más vivo, más sagaz, más comprometido  y más genial que haya tenido nunca esta ciudad. Reproducida su efigie con asombrosa fidelidad, parecía mirarme con aire ausente, para poco a poco ir cerrando los ojos como si estuviera sesteando. Y mientras le observaba, aparecieron en mi cabeza, a raudales, recuerdos de mi época universitaria, frecuentando decenas de bares por la zona de Moncloa, cerca de la calle Hilarión Eslava,  en cuyo número siete residió Pérez Galdós, tal y como reza en una placa de mármol conmemorativa allí mismo instalada.

Investigando sobre la historia de la estatua, descubrí sorprendido que la misma lleva ahí desde mil novecientos diecinueve, y que el propio escritor, inválido y ciego, asistió a la ceremonia de inauguración, apenas unos meses antes de su fallecimiento. Cuentan las crónicas de la época que don Benito recorrió con sus manos huesudas las curvaturas de la piedra fría y que terminó exclamando, en agradecimiento al escultor: “magnífico amigo Macho, cómo se parece a mí”.
Volveré a la Cuesta de Moyano. Volveré a cruzar el Retiro de vuelta a casa, pero dudo mucho que mi ruta de regreso vuelva a toparse con el monumento de Bellver al demonio. Mis pasos buscarán internarse por esas tranquilas sendas de tierra para terminar saludando a don Benito, que desde su pétrea atalaya me recordará, una vez más, mis felices días de estudiante crápula y desenfadado.


                                        Taller de Escritura Creativa. "La Escritura Desatada"
                                                        Prof. Ines Mendoza. Texto nº2