Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




martes, 11 de marzo de 2014

Once de Marzo

Tal día como hoy, hace ya nada menos que diez años. Tres mil seiscientos cincuenta días después, el recuerdo de tan ignominiosa masacre sigue latente entre nosotros y de qué manera.

 Hoy no me siento con fuerzas para casi nada. Desde que amaneció el día ando triste, cabizbajo, con poco ánimo y apenas si cubro el expediente de todo cuanto hago; en el fondo me dejo llevar, esperanzado con la idea de que las horas pasen rápido y podamos dar por finiquitado el día.

  Me mantengo al margen de las noticias y de la actualidad, hoy obviamente monotemática. Sé que están haciéndose diferentes actos de homenaje. Los medios vienen calentando la celebración de tan triste efeméride desde hace varios días, recopilando los hechos, así como todo lo que siguió y envolvió a un crimen tan difícil de asimilar.

 Tengo nítida en mi memoria el recuerdo de aquella mañana. Para mi empezó a la salida del metro, camino del trabajo, cuando eché un vistazo a mi móvil y vi en la pantalla varias llamadas perdidas de mi cuñado Sergio. Temeroso de que hubiera pasado algo en casa, especialmente a mi siempre enfermiza madre, llamé rápidamente para devolverle las llamadas. Apenas me descolgó, me preguntó que dónde estaba y que había oído en la radio que una bomba había explotado en un tren. las primeras noticias hablaban de un muerto, apenas quince minutos más tarde, una vez conecté el ordenador y me metí en Internet, el numero de víctimas había subido a dieciséis, y así en un terrible pero inexorable goteo, fue aumentando hasta alcanzar la cifra definitiva que todos conocemos.

 Fue una mañana de trabajo caótica. Recuerdo al manager general de mi empresa dando vueltas por todas las estancias de la oficina, haciendo recuento. ¿Falta alguien, estamos todos ya aquí? Tardamos cerca de dos horas en conformar que así era, lo que tardó una compañera que venía desde Móstoles y que por razón de las explosiones tuvo que que seguir un tortuoso camino hasta que consiguió llegar a Campo de las Naciones...

 No conozco a nadie de los fallecidos; ha sido una suerte, teniendo como tengo amigos que viven en Santa Eugenia, El Pozo del Tio Raimundo, que pasan todas las mañanas por Atocha... La bomba que estalló en Santa Eugenia, lo hizo en un tren que debía acabar su  recorrido en la estación de Príncipe Pío, ha donde debería haber llegado alrededor de las ocho de la mañana. Justo a esa hora yo me encontraba en la estación, haciendo el que por entonces era mi habitual transbordo desde la linea seis hasta la línea diez de metro.

 Aquella mañana unos desalmados decidieron que todos los que para desplazarnos usamos el transporte público jugáramos a una especie de ruleta rusa de la que unos salieron mal parados y otros indemnes. Aún así es inevitable sentir un escalofrío al comprobar como la vida depende siempre de un hilo tan fino y sutil, hasta el punto de depender tu existencia de tener la mala suerte de estar en el sitio equivocado.

 El resto del día transcurrió lento y desasosegante. Por razones de espacio y logística se habilitó el Pabellón número seis de la Feria de Madrid para trasladar los féretros con las victimas que iban recogiéndose en los diferentes trenes. Desde la cuarta planta de mi oficina, asistimos atónitos y frustrados al espectáculo del incesante ir y venir de coches fúnebres trasladando restos.

 Los periódicos, decidieron sacar una edición de tarde de sus rotativas; me hice con un ejemplar de mi cabecera habitual, y como si de ese modo quisiera homenajear a los que ya no están. Aún hoy conservo ese periódico y desde aquel día no he tenido valor de volver a abrirlo. Tal vez esta tarde, al volver a casa lo haga.  Decidí volverme a casa en el metro, convencido de que tener miedo no era la solución a lo que nos estaba pasando y como si quisiera desafiar a quienes con sus bombas quisieron ponernos en jaque a toda la población. En contra de lo que hubiera sido previsible, el convoy venía lleno, repleto de personas con caras de circunstancias, con miradas perdidas y envueltos en un silencio que aun hoy me pone los pelos como escarpias al recordarlo. Si alguna vez me sentí parte de un colectivo, miembro y parte de esta ciudad en la que habito desde hace veinte años, ese día fue aquel día once de marzo ya avanzada la tarde.

 Lectura de periódicos, visionado de especiales en la televisión, seguimiento al minuto en las radios de las ultimas noticias, el día acabó con un estado de agotamiento tremendo, como difícilmente recuerdo haber sentido antes, mezcla de cansancio mental y desazón ante el dantesco espectáculo siniestro al que algunas mentes enfermas decidieron invitarnos. Hoy día, diez años después, seguimos sin saber quien fue el autor o autores intelectuales de la masacre, y aunque hemos aprendido a vivir con ello, no perdemos la esperanza de ponerles algún día cara o caras. Tal vez así acabemos por cerrar una página que solo podrá pasarse haciendo justicia y poniendo ante un juez a quienes sean culpables. Es muy probable que ese día tarde en llegar, pero no tengo dudas de que lo hará, y de que yo estaré vivo para verlo.

 Pedía un periódico de tirada estatal que quienes así lo desearan pusieran por escrito sus experiencias y contaran como habían vivido aquel día. Yo he decidido hacer uso de esa idea, pero empleando para ello mi espacio virtual. Con ello rindo mi especial homenaje con todo el cariño del mundo a quienes aquel día dejaron de estar con nosotros.