Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




lunes, 8 de abril de 2013

Marca del Pueblo


 Lo recuerdo vagamente, como tantos otros recuerdos de la etapa de estudiante universitario que quedan en la memoria registrados como una nebulosa a la que no puedes poner fecha ni autor, pero cuyo contenido quedó grabado en la memoria convirtiéndose en uno de tantos recuerdos que le sirven a uno de referencia; probablemente fuera en tercero o cuarto año de carrera, quien sabe;  lo que si recuerdo muy nítidamente era el comentario de aquel profesor o profesora en relación a la velocidad vertiginosa con que se producen los cambios en la vida moderna; apenas si hay tiempo de digerirlos o de asimilarlos cuando pasan a a ser casi un rescoldo en la memoria, atosigados por nuevos acontecimientos que los desechan de la actualidad quedando por ello en un segundo plano. Ponía además como referencia o punto de inflexión la caída del muro de Berlín, allá por 1989, momento clave en la historia del mundo reciente que puso fin a la política de bloques y al denominado periodo de guerra fría marcado desde la creación del telón de acero.

 No está en mi ánimo hacer ahora de esta entrada una reflexión política sobre las consecuencias de aquel acontecimiento histórico. Simplemente lo menciono a modo de sugerencia en tanto en cuanto me sirve para darle veracidad al hecho de que las cosas pasan a un ritmo frenético, hasta el punto de apenas darte cuenta de lo que está ocurriendo.

 Es casi imposible pasar por alto el terrible momento que la monarquía española vive en este momentos, acuciada por un sin fin de problemas que están sirviendo de acicate a la legión de detractores que el cabeza de estado tiene en nuestro país; considerada por muchos como la única institución heredada del régimen anterior, obviando la convalidación política y moral que supuso la integración de la misma en el nuevo orden político de libertades con la aprobación de la Carta Magna por refrendo popular en el año setenta y ocho. Al igual que sucede con otros acontecimientos de la actualidad, a cada día que pasa se van sucediendo los acontecimientos en torno a ella de un modo trepidante, jaleados inevitablemente por los medios de comunicación deseosos de dar noticias en exclusiva. El  jefe de estado parece por momentos incapaz de poner freno a los embates que recibe la institución que lidera cuyo principal problema pasa por no ser capaz de poner coto a los desmanes de un yerno, cuyas idas y venidas en torno a una fundación sin animo de lucro han salpicado a la familia real, hasta el punto de representar la condición de imputada de un miembro de la misma, su esposa y a la sazón infanta de España, que como consecuencia de ello puede llegar a verse en la necesidad de abdicar de sus derechos de sucesión.

 Mucho y muy animósamente viene hablándose desde hace años sobre la conveniencia de reformar la constitución, y es obvio que si hay una parte de la misma que deba ser revisada es precisamente la de la figura de la casa real en su seno, cuya opacidad  ha permitido esta campaña de acoso constante justificada por las deslealtades de unos y las meteduras de patas en forma de traspiés con lesiones en safaris africanos de otros. Es el momento de coger la sartén por el mango y cambiar la forma de sucesión a la corona que empantanada por una aplicación parcial de una suerte de ley sálica da preponderancia a los varones frente a las hembras en la linea sucesoria, amen de hacer publicas las cuentas de asignación, así como el montante total  a que asciendan los bienes que formen parte de un patrimonio que en estos momentos aparece manchado por las dudas de quienes no crean en la abnegación de la tarea real en pos de llevar las riendas del país al que se debe.

 Como ocurre desde que cayó el muro de Berlín, las noticias se suceden a ritmo vertiginoso en el caso de la casa real española; son auténticos relámpagos. Apenas pasa un día que no encuentren las portadas de los medios carne de cañón suficiente en la figura del rey. Transparencia, rigor y respeto no solo en las cuentas, sino también en las formas por respeto y consideración hacia una ciudadanía que no solo sustenta con sus impuestos los gastos de la misma, si no que además no  merece la suerte de dispendios y tropelías que más que dañar a la marca España, daña a la marca pueblo, cuya desazón está más que justificada ante tanto disparate.