Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




lunes, 30 de mayo de 2016

Cuestión de fondo y forma

  Interesante la pequeña entrevista que aparece hoy publicada en el periódico digital El Diario, al historiador Jean Canavaggio, especialista en la obra y vida de Miguel de Cervantes Saavedra, en la que el erudito se queja, con un tono de cierta amargura inequívoco, de la actitud de las instituciones españolas; se puede decir más alto pero no más claro:  La búsqueda de los restos e identificación del escritor, en el Convento de las Trinitarias Descalzas, en el centro de Madrid, ha supuesto un gasto ingente de energías y recursos para localizar unos restos a los que por ahora no se puede garantizar identidad alguna, lamentando el autor de esa entrevista que los mismos recursos no se dedicasen a divulgar y conocer mejor la figura de El Quijote

  En otro apartado de la misma charla, Canavaggio destaca la más notoria internacionalización y conocimiento de Shakespeare como creador y persona, gracias a la notable capacidad de divulgación y de las instituciones británicas, frente a las siempre insuficientemente asistidas entidades españolas, carentes de cualquier tipo de apoyo y mimo más allá de lo meramente aparente.

 Ya fue motivo de alguna entrada mía en Facebook esta cuestión. Entonces y ahora digo que más le valdría a Cervantes haber nacido en cualquier otro país de habla hispana, o tal vez haber transcrito las notas de Cide Hamete Benengali en otra lengua. ¿ Qué hubiera sido del Quijote si se hubiera escrito en francés o en Alemán? Seguramente estaríamos hablando de un texto con una repercusión aún más sonora que la que tiene en la actualidad. La cultura siempre es objeto de abandono y deterioro, salvo que el político de turno, siempre más interesado en la coyuntura que en la visión estructural y de conjunto, vea en ella algún motivo de oportunidad o aprovechamiento. Pura fachada, mera y simple superchería, alimentada por una población que no solo reconoce en gran medida sin pudor que lee poco o nada, sino que encima hace de esa situación motivo de gracia y chiste; tal vez ahí radique la grandeza de una obra tan universal como esta, la de formar parte de una cultura como la española, que consigue prestigio y notoriedad aún sin apoyo de aquellos que son responsables de la misma, pues nada hacen por potenciarla o desarrollarla. Cervantes disfrutaba contemplando la carcajada de quien leía sus textos, pensando que carente de trasfondo alguno, aquel libro no era más que una sucesión de disparatadas acciones de un pobre botarate, falto de juicio por empaparse en exceso de unos textos a los que Cervantes critica sin pudor: las novelas de caballerías. Hoy, fuera de contexto y en otra época, esas andanzas siempre necesitadas de bálsamo de Fierabrás para sanar costillas, quijadas y extremidades tan a menudo sometidas a costalazos inmisericordes, son consideradas como un tostón infumable del que nadie parece hacerse cargo a nivel alguno.

 Quizá sea mejor así, dejar en manos de gente de fuera el reconocimiento a la labor de un genio al que el paso de los siglos no mejora su condición y lectura de su obra por más facilidades y soportes físicos que existan para poder abordar su lectura. El Quijote será siempre esa novela ladrillo que a todos nos obligaron a estudiar alguna vez en el colegio o a leer algún capítulo, aunque ese fuera el de los molinos de viento, que el desdichado Alonso Quijano confunde con gigantes a los que ha de acometer.  Qué mejor metáfora para definir el estado de la cultura en España: una y otra vez las embestidas contra los molinos serán brutales, ya que sus aspas, llenas de indiferencia e ignorancia,  la zarandearan una y otra vez en aras de una incomprensión y desconocimiento que rayan en la más despreciable de las vergüenzas.