Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




viernes, 23 de noviembre de 2012

Serfadíes

 Sefardíes, Se dice de los judíos oriundos de España, o de los que, sin proceder de España, aceptan las prácticas especiales religiosas que en el rezo mantienen los judíos españoles. Esa es la definición con la que el diccionario de la Real Academia de la Lengua identifica a los integrantes de este grupo de ascendencia judía cuyas raíces hispanas son una de sus grandes señas de identidad. Ayer el Ministro de Justicia, en una comparecencia a la que también asistió el titular de la cartera de exteriores, anunciaba un nuevo procedimiento legal en lo referente a la obtención de la nacionalidad española por parte de los judíos españoles, como  en muchos sectores se les conoce, eliminando el requisito de al menos dos años de residencia, que era el estipulado hasta la fecha; así se ponía punto y final a una de las principales reivindicaciones de este grupo que pese a la distancia y a los años transcurridos desde la expulsión de Sefarad de sus miembros han enarbolado y hecho gala de la bandera de hispanidad y de lo ibérico como principal referencia identificativa de su colectivo.

Es este un paso definitivo que termina por consolidar las relaciones bilaterales a todos los efectos entre España e Israel desde que en 1986 ambos países iniciarán relaciones diplomáticas tal y como quedó reflejado en el acuerdo suscrito por Felipe González y Simón Peres tras un periplo de negociaciones secretas que terminó por sellarse en un hotel próximo al aeropuerto Schiphol del área metropolitana de Amsterdam. Supone el reconocimiento pleno a una parte de la población del país hebreo, cuyas raíces culturales implican un patrimonio común a ambos países al que bajo ningún concepto puede renunciar España. Son incontables las iniciativas que han permitido la conservación de una lengua, la sefardí, que mantiene intactos rasgos claramente vinculables al castellano hablado en el medievo y que tristemente tuvo su punto y final con el edicto de expulsión sancionado por los Reyes Católicos y dictado y ejecutado por el Cardenal Cisneros, haya por la lejana fecha de 1492, en pleno proceso de homegeneización de una sociedad española que  hunde sus rasgos actuales en esa época.

 Llega esta normalización consular con tintes culturales y humanos en un momento difícil. Aunque la noticia casi ha pasado de puntillas desde los teletipos a los medios posiblemente tenga mayor eco y repercusión en función de un número hipotéticamente alto de peticiones de nacionalidad que se esperan tras el lógico
boom que en la comunidad sefardí genere esta decisión; bastará un certificado de la Federación de Comunidades Judías, que permitirá a los solicitantes, sus cónyuges e hijos menores gozar  de todos los derechos de protección y asistencia consular en España y con posterioridad, inscribirse en el registro tras la protocolaria ceremonia de juramento de fidelidad a la Constitución y al Rey. Se hará alusión a argumentos como el  efecto llamada , ya criticado en otras ocasiones y en un contexto bien distinto, como cuando el anterior cabeza de ejecutivo respaldó la concesión de permisos de residencia  a ciudadanos de otras nacionalidades con problemas para normalizar su situación en España. Así mismo, no tardarán en erigirse portavoces que reividiquen la concesión de nacionalidad a descendientes de otros grupos damnificados por el mismo proceso de segregación y limpieza acaecido hace cinco siglos: moriscos cuyas raíces quedan más dispersas que las de los sefardíes podrían hacerse eco de esta iniciativa reclamando tratos similares para ellos.

 Independientemente de las consecuencias que el futuro disponga, solo cabe celebrar la iniciativa que sirve de homenaje a un grupo como este cuyo cuidado y afecto por la cultura peninsular hispánica y el castellano solo puede ser motivo de regocijo. Es casi inevitable sentir, para los que somos amantes de esta lengua, un tenue escalofrío al oír a locutores de radio hablar en una lengua que se asemeja al castellano antiguo o poder leer textos escritos en un idioma que mucho tiene que compartir con el que utilizaron posteriormente algunos creadores de talla universal como Lope de Vega o Cervantes.

 Este acuerdo es a su vez un pequeño espaldarazo diplomático e internacional para un estado de Israel que vive un nuevo momento delicado tras producirse el enésimo episodio de enfrentamiento entre hebreos y palestinos en un territorio como el de Gaza castigado por la muerte y el dolor hasta la extenuación y en un contexto donde el odio y el rechazo, lejos de atenuarse se reavivan por momentos. Una nueva tregua se ha sellado entre ambas partes sin que quede ninguna duda resuelta sobre cual será el futuro de una región condenada precisamente a no tenerlo fruto de la intolerancia.

  Ojalá este acuerdo entre España e Israel fuera un buen ejemplo entre otros muchos que  podrían seguirse de cómo se pueden normalizar relaciones entre dos pueblos que tienen más vínculos de unión de los que quieren reconocer y que tienen la obligación de convivir en paz.  Sustituir cultura por pistolas es un buen camino a seguir.