Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




viernes, 6 de julio de 2012

Gatos de Marrakech

Un sol tremendo de justicia acompaña nuestros pasos por las calles de la ciudad. Paseando por la Medina, por la Plaza Jeema El-Fna, por los zocos... Calles estrechas apenas mal acondicionadas, riadas de gente y bicicletas,  animales de tiro transportando cosas inverosímiles obligan a asegurar el paso y a apartarse mirando hacia atrás casi a cada instante.

 Constante ir y venir de aromas, de esencias, de malos olores. Del sándalo a la menta, del comino al azafrán; Casi imposible habituar la pituitaria a tal baile de impregnaciones olorosas.

 Palacios majestuosos, patios de ensueño, estancias amplias y soleadas: juegos y combinanciones de azulejos; techos suntuosos. Restos de un pasado ostentoso venido a menos. 

 Marrakech es puro exceso. Puro nervio. La ciudad te engulle casi sin darte cuenta,  envolviéndote en su trajín constante de tráfico caótico, ceras atestadas de público, miles de puestos de venta ambulante...

 En mitad de tanto bullicio sorprende la paz y sosiego que transmiten algunos de sus habitantes. Un pequeño contrapunto que desentona de la tónica generalizada. Es casi imposible dar dos pasos por cualquier calle o estancia y no ver uno. Vayas por donde vayas, en mitad de la calle, visitando un palacio, o comiendo en un restaurante te encuentras con uno de ellos


                                                                     

 Son testigos calmos del día a día, buscan las sombras y los zaguanes para guarecerse de un sol que no se enternece por nadie. A diferencia de los gatos callejeros de Madrid, se muestran proclives y solícitos dejando que te acerques a ellos, incluso buscando una caricia furtiva. Siempre dispuestos a aceptar un bocado que llevarse a la boca tantean a los comensales en los restaurantes y antes o después consiguen su objetivo:  pequeños manjares que comen con fruición después de retarte y ganarte con sus miradas lastimeras.


                                                      




Son los gatos de Marrakech,  anfitriones tranquilos en mitad del caos. Guias permanentes que traen y llevan a quienes quieran hacerles caso. Estampa inconfundible de una ciudad maravillosa llena de contrastes.