Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




martes, 23 de mayo de 2017

Como un tronco



Matilde estaba completamente agotada. Cuando a comienzos de cada mes le tocaba peinar la zona de los pueblos para ofrecer nuevos productos de la empresa, le temblaba todo el cuerpo, hasta las canillas. Eran más de doce horas de trabajo, visitando un establecimiento tras otro, regateando hasta el último pedido con cada propietario. Tan larga era lista de clientes a visitar que no le daba tiempo de volver a casa. Por eso esa noche tenía que pernoctar en algún hotel de la zona.

Pese a tener una plantilla de cinco comerciales su jefe solo la quería a ella para hacer la batida de fuera de la capital. Tras más de quince años de trabajo, su solvente conocimiento de la empresa y de sus productos, así como su meritoria capacidad de persuasión, la hacían la persona ideal para ese cometido. Matilde sabía que sacaría de ello una estupenda comisión que le arreglaría la economía un par de meses, como mínimo. Con semejante reclamo no le importaban las horas de pie saltando de un sitio a otro, ni los muchos kilómetros de coche.

Tras acabar la faena, terminaría por ir a dormir a su hotel favorito. Una pequeña tahona de pueblo de piedra y traviesas de pino, reconstituida en casa rural. Su dueño había numerado las seis habitaciones por centenas, dando a cada una un número de tres cifras, la 101, la 201… Matilde siempre pernotaba en la 601. Pese a que las habitaciones eran todas iguales, ella siempre reservaba la misma, la suya. No sabía si era por su colchón látex, por la sensación de recogimiento que le daba el dosel que adornaba la cama, porque hacía esquina y le daba unas vistas preciosas al campo o por la imagen de un San Lorenzo que enmarcado en una litografía adornaba una de las paredes. Quizá fuese simple sugestión, pero ella solo quería dormir en la 601, desde el primer día que descubrió por casualidad aquella tahona. El dueño del hotel rural que ya conocía el capricho de Matilde, hacía una excepción con ella reservando con anticipación la habitación para la inquilina de una sola noche, como cada inicio de cada mes.

Eran más de las diez de la noche cuando Matilde cogió el coche para ir a su habitación a descansar. Se había entretenido enseñando la parte nueva del muestrario y la demora había merecido la pena. Un pedido extra venía en la cartera y Matilde, feliz, cantaba mientras conducía pensando en su cama y en dormir a pierna suelta.

Hoy dormiré como un tronco, se la oía decir entre cánticos amenizados por la música de la radio.

 La escasa visibilidad de la carretera comarcal por la que transitaba se complicó aún más cuando repentinamente empezó a llover. Primero cayendo unos goterones gordos que chocaban contra el cristal del parabrisas con virulencia. En apenas unos minutos dieron paso a una cortina de agua intensa que a chorros caía sobre ese cristal que ahora le daba una visión casi nula, apenas de un par de metros en la que distinguía a duras penas la línea discontinua de la carretera.

Hoy dormiré como un tronco. Se repetía una y otra vez intentando mantener la concentración agarrada al volante, con los ojos abiertos como platos.

Y entonces sucedió, en apenas un instante, sin dejarle un mínimo margen de reacción. Entre los dos halos de luz que proyectaban los faros de su coche, después de sentir un chasquido, al poco de aparecer un fogonazo en el cielo que iluminó por un momento toda la carretera, vio como un tronco se precipitaba contra el cristal, golpeando y atravesándolo con fuerza hasta conseguir que se hiciera añicos. Lo siguiente que vio Matilde fue como una de las ramas se precipitaba contra su cara; sintió un fuerte pinchazo, y como su pie pisaba a fondo el pedal del freno antes de perder la consciencia.

Cuando despertó Matilde estaba en su cama, en la 601. Eran más de la una de la tarde y por la ventana entraba un sol radiante que en nada hacía recordar la tormenta de la noche anterior. Convencida de que la había soñado se levantó para ir al baño cuando al mirarse al espejo vio como un arañazo de lado a lado en la mejilla derecha le había marcado el rostro desde la comisura de la boca hasta casi llegar a la oreja. No era muy profundo, pero si aparatoso. Cuando el dueño la vio bajar y dirigirse a recepción le contó los detalles de su percance, y de cómo justo a la entrada del pueblo un rayo había partido uno de los árboles que acabó precipitándose contra su coche, Cuando Matilde salió al parking de la entrada y vio como había quedado, sintió un momento de desazón pero al mismo tiempo de alivio. Seguramente aquel árbol caído podría haberla matado. Pero no lo hizo, apenas un arañazo superficial, que confirmó la revisión del médico del pueblo, que llevó a este a decidir dejarla descansar en el hotel, tal y como estaba la noche de lluvia.  
 
 Tanto quería dormir como un tronco, que hasta de un tronco me he valido esta vez para dormir a pierna suelta. La ocurrencia provocó la carcajada del dueño del hostal y del guardia civil que había acudido a la tahona para terminar de levantar el atestado iniciado por la noche. Matilde se sintió feliz de haber pasado el trago descansado en aquella casa rural, y en aquella habitación que para ella eran un remanso de paz.