Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




viernes, 11 de diciembre de 2015

Medio kilómetro



Teresa sale a la calle cogido de la mano de su hijo. Apenas medio kilómetro separa el portal de su casa de la entrada del colegio. Una suerte que esté tan cerca. “Así cuando seas un poco más mayor, nadie tendrá que acompañarte y podrás ir y venir a casa tú solo”, dice al pequeño que escucha con atención hasta que ve el muro de la fachada del colegio. Se oyen gritos de niños. El patio principal está justo detrás y los pocos minutos que quedan para que den las nueve son aprovechados para jugar a la pelota o al escondite. Teresa da un beso a su pequeño, que pone la mejilla con prisa y se marcha. Apenas si tarda un instante en soltar la mochila al lado de una canasta de baloncesto y sale corriendo buscando a sus amigos. Teresa sonríe. Disfruta de la imagen del pequeño antes de dar la vuelta para marcharse. De camino a la panadería, se da cuenta que ha olvidado el monedero y vuelve a casa.

“Luego bajaré a por el pan”, se dice mientras entra en la cocina. Toma otra taza de café. Está aún caliente en la cafetera. Reclinada sobre el fregadero, rodea con sus manos la taza de loza mientras deja que sus ojos se pierdan en el líquido negro, que traza remolinos después de agitarlo con la cuchara. Queda así un buen rato, en silencio. Mira hacia la habitación de Emilio cuya puerta sigue cerrada. Volverá a levantarse tarde. Se queda hasta las tantas con el ordenador, mirando páginas eróticas y de contactos. Lo supo mirando en el historial del navegador, un día por casualidad. Hubo un tiempo en que le importó; ahora ni si quiera tiene curiosidad. Enciende el portátil y va rápidamente a su correo y a mirar ofertas de empleo. Todas las mañanas invierte un par de horas en buscar trabajo. Con eso, preparar la comida y recoger al niño, ya tiene las horas de la mañana ocupadas.
No recuerda cuando, en qué momento empezó a darse cuenta de que su matrimonio se iba a pique. Todo parecía una nebulosa. Apenas había dado a luz cuando las cosas entre Emilio y ella empezaron a torcerse. La complicidad de antes, los continuos arrumacos, el hacer cosas juntos, todo fue diluyéndose entre biberones, cambios de pañales y noches en vela. Poco a poco fueron distanciándose. Y mientras la pareja naufragaba, el proyecto de familia se mantenía; el niño, la hipoteca y el moribundo negocio familiar creaban ese vínculo; donde hubo sentimientos, ahora solo quedaban obligaciones.

“Con lo bien que nos iba”, se repite una y otra vez. Los ingresos empezaron a fallar; aquellos contratistas que tan bien pagaban antes, ahora no hacían más que dar largas. No lo entendió nunca. Cómo nadie puede arruinarse teniendo trabajo, tan solo porque no le pagaban. Era una cadena en la que unos fallaban a los otros. Así dejaron de cumplir con los plazos del alquiler de la maquinaria, con las nóminas de los albañiles que tenían contratados y que acabaron en el paro. Tantos años de lucha difuminados de un plumazo. Aún les quedaba la casa. Pensaba que era una tontería, pero Teresa sentía que cogía fuerzas imaginando que algún día el niño podría ir al colegio solo, sin que nadie tuviera que acompañarlo. Con esa idea compraron el piso por la zona; con la ilusión de cumplir esa promesa ella seguía adelante.

Hora de salida. El patio vuelve a ser un hervidero de críos gritando y corriendo. Teresa llega con el tiempo justo a posta. Los corrillos habituales con otras madres son un incordio. Aún así no tiene más remedio que saludar y contestar a alguna pregunta que quien la formula bien  sabe la respuesta. El niño llega a la carrera cargado con un dibujo que ha hecho. “¡Mira mamá esto es para ti, feliz día de la madre!” Si antes era ella la que buscaba su mejilla para despedirse, es ahora él quien lo hace plantando en su cara un sonoro y húmedo beso. Se estremece y sonríe. “Vamos cariño, que tenemos espaguetis para comer”, le dice mientras coge el dibujo;  eso le vale que el niño la zarandee y casi la tire al suelo de la alegría. Adora comer espaguetis. Vuelven los dos juntos, cogidos de la mano, caminando ese medio kilómetro de ida y vuelta que es lo mejor del día.



                                                          Taller de Escritura Creativa. " La Escritura desatada"
                                                                                          Prof. Inés Mendoza. Texto nº 9