Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




lunes, 6 de abril de 2015

Escalofrío

 Escalofrío. Esa es la sensanción que desde hace diez días nos recorre a todos la espina dorsal. El accidente de avión acaecido en los Alpes franceses y que ha dejado la desoladora cifra de ciento cincuenta fallecidos, es la razón de ello.

 No es un accidente de aviación al uso; alguien dirá que ninguno lo es, ya que muchas son las circunstancias que acompañan estos trágicos sucesos; aún tenemos todos en la memoria el desafortunado vuelo malayo, desaparecido en mitad del océano y del que, meses después no se tiene el más mínimo rastro ni de la ruta que siguió, ni del paradero de sus restos. Sea por lo que fuere, cada vez que ocurre un accidente de estas características, el impacto que produce en la opinión publica es mayor, dado el alto número de fallecidos.

 Sin embargo la tragedia de los Alpes en el malogrado vuelo de Barcelona a Düsseldorf, viene marcada por el terrible acontecimiento de que fue un accidente provocado; no por la macabra pericia de unos terroristas kamikazes o por el sabotaje en tierra de alguno de los componentes del aparato. El copiloto del vuelo, un joven de veintiocho años, del que estos días hemos conocido un historial medico mental más que sospechoso, decidió por causas que no se conocerán nunca, encerrarse en la cabina solo y precipitar la aeronave frente unas montañas que al parecer eran objeto de su devoción.

 No voy a caer en el error de convertir esta entrada en una lista de apelativos que traten  de explicar la frustración, el dolor y la rabia que los familiares de los fallecidos deben sentir en estos momentos, ante una desgracia que podría haberse evitado. La muerte siempre nos deja helados, por imprevista, salvo excepciones en que el fallecimiento es esperado, y por el tremendo vació que deja saber que aquellos a quienes queremos no van a volver nunca más.  Desgraciadamente, muerte y absurdo van cogidos de la mano en no pocas ocasiones; lamentarse y castigarse tratando de entender lo inexplicable es autolacerarse. Apoyar a las familias en su dolor, ofreciendo la verdad de cuanto haya sucedido, compensándoles, no solo con las ayudas económicas que correspondan , sino con el cambio y corrección de las medidas de seguridad que no permitan que una persona con problemas emocionales pueda asumir la responsabilidad de la conducción de un vuelo, irán en la linea adecuada y necesaria que impida, en la medida de lo posible, que acontezcan dramas como este. Toda ayuda será poca en el objetivo de evitar una muerte que siempre es más fácil de arrebatar, que de evitar.

 Reconozco que no me gustan los aviones; cada vez que me subo a uno, en el momento en que la tripulación cierra puertas y da instrucciones para el despegue, una oleada de angustia en forma de presión en el pecho me ahoga, obligándome a coger bocanadas grandes de aire. Es superior a mis fuerzas; podría pedir ayuda psicológica realizando alguno de los cursos que compañias aéreas ofrecen a usuarios para ayudarles a superar el miedo a volar, o recurriendo a ansiolíticos para rebajar y templar los nervios en el momento del despegue. Sin embargo hay otro argumento que mi cabeza asimila pronto y que me evita pasar por alguno de los dos sistemas antes mencionados; basta observar a los tripulantes de cabina realizar su trabajo enseñando las instrucciones de vuelo o paseándose entre las filas de asientos comprobando quien lleva los cinturones abrochados, para que esa presión en el pecho se alivie, mi ritmo cardiaco se tranquilice y mis pulmones reciban bocanadas de aire en su curso habitual. " si estos, me digo, se atreven a meterse en este cacharro conmigo, es porque es seguro, y me van a llevar a mi destino con total seguridad". En ese momento me formo en mi cabeza la imagen de unos profesionales con muchas horas de vuelo a sus espaldas que no sólo están ahí para hacerme mas confortable el viaje, sino que además, comparten en lo que dure el trayecto, el destino que ese vuelo tenga, y que no debe ser otro que el de llegar correctamente a la terminal de  pasajeros del aeropuerto de destino.

 Vayan estas lineas como homenaje y admiración para todos aquellos que asumen la responsabilidad de trasladar pasajeros en medios de transporte colectivos, ya sea por mar, tierra o aire. Su profesionalidad, nos da la oportunidad de desplazarnos en condiciones de seguridad óptimas, facilitándonos la vida.