Cuando sucedió el apagón en abril del año pasado, nos dimos cuenta de lo insignificantes que somos si nos quedamos...sin luz. Sin energía eléctrica, no somos nada. Se nos hizo de noche a medio día y duró la oscuridad muchas horas. Lo cotidiano quedó paralizado, convirtiéndonos en seres endebles, a merced de los elementos, como se decía antaño.
Se acrecienta la sensación de que tenemos entre manos cosas que no sabemos si podemos controlar, como sucede con la tecnología; la crisis de los supermercados en Bélgica, Luxemburgo, Suecia, Irlanda y Estonia en donde se registraron fallos en sus sistemas de refrigeración y congelación, obligando a desechar alimentos y activar medidas de emergencia, parece salido de un fanzine futurista de los años ochenta con dosis apocalípticas. Alguien desde no se sabe dónde, aprieta un botón y descojona, (con perdón), la cadena de frío de establecimientos que suministran productos de primera necesidad. Ataques y fallos que afectan al día a día, a lo más elemental.
Del apagón salimos todos con un paquete de velas, una radio a pilas, baterías y algunos con cocinillas de camping gas, al igual que tras lo de Filomena, se agotaron las palas en casa para quitar la nieve; acabaremos con el tiempo teniendo un compresor para generar luz por nuestra cuenta, aunque ello aumente el presupuesto en combustibles que lo alimentan.
Pertrechos para subsistir ante los cada vez más sofisticados modos de sabotaje o caprichos de la meteorología, eso sin contar con el tamaño creciente del botiquín con fármacos y mascarillas para hacer frente al ejército de virus que nos amenazan. Desde lo sencillo hacemos frente a lo complejo. Paradojas.
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