domingo, 1 de noviembre de 2026

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

 A veces pienso si hubiera tenido alguna vez un hijo, en qué libros le habría sugerido en sus años más tiernos para inculcarle el amor por la literatura. En todas mis ensoñaciones siempre aparece la figura del escritor escocés, Robert Louis Stevenson.

 Tal vez porque mi imaginación de niño se vio sacudida por la ilusión de verme en el pellejo de Jim Hawkins, deambulando por las mesas de la taberna Almirante Benbow, pues no en vano yo también fui hijo de tabernero y hubiera soñado con encontrar un plano que indicase donde estaba enterrado un tesoro fabuloso, tanto como para embarcarme en una goleta para ir a buscarlo, teniendo como tripulante a Long John Silver.

 Más tarde llegó la hora de asomarse al misterio, con la primera lectura de terror gótico, antes de aproximarme a otros autores imprescindibles como Allan Poe; en este caso con la truculenta historia de un prominente doctor de la sociedad londinese, Henry Jekyll, cuyos oscuros experimentos de laboratorio le llevan a duplicar su personalidad, a convertirse en dos seres enmarcados en el mismo cuerpo humano.

 Dicotomía fisica que es una metáfora de la condición humana, de sus luces y sombras, de sus virtudes y defectos, de sus actos de bondad y sus acciones más miserables. De una manera magistral, Stevenson personifica la dualidad entre el bien y el mal en esta novela corta que se ha ganado la universalidad por méritos propios, por su originalidad al encarnar lo maligno en la figura de Mr. Hyde.

  Adquirida en un ratrillo benéfico, antes de convertirse en regalo de otro adolescente como el que yo fui, hace tantos años, no he perdido la oportunidad de releer nuevamente esta vieja edición de bolsillo de Edimat. 

 No por conocida la historia, se disfruta menos. No pierde un ápice de su magia y encanto, no deja de sorprender en sus matices. Es la magia de volver a leer obras maestras que son clásicos inigualables.  

 


 

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