Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




viernes, 22 de abril de 2016

Cervantes

 Mañana es veintitrés de abril.  Tal y como consta en la biografía oficial, mañana se cumplirán cuatrocientos años del deceso del autor del Quijote, la obra literaria más impresa y traducida  en la historia de la humanidad, detrás justo de la Biblia. Quizá sea una simple fecha, una simple efeméride a recordar, para mi es un día señalado, como creo que lo será para todos los amantes de la literatura y la lectura. Mañana empezaré mi particular celebración del evento que no será otra que coger la edición de bolsillo que tengo en casa, publicada por la RAE en dos mil cinco, con motivo del cuarto centenario de la primera impresión del libro, y comenzar una nueva lectura de tan maravillosa obra, relectura que seguro disfrutaré con denuedo.

 Podemos definirnos como personas de muchos modos, por nuestros criterios y opiniones, por nuestros hábitos, nuestras manera de vestir y de vivir, y por su puesto por nuestras lecturas. La primera vez que tuve contacto con El Quijote fue en el colegio, donde nos hicieron leer capítulos sueltos con apenas nueve años. De aquellas lecturas recuerdo un sentimiento de orgullo, visible detrás de cada párrafo, de cada línea que a veces no entendiamos, que a veces nos daba motivo para desternillarnos de risa al comprobar que éramos partícipes de aquella aventura literaria, en la que un señor se estampaba contra unos molinos de viento, o se liaba a espadazos contra unos pellejos de vino, al tiempo que soñaba con hacerse acreedor del corazón y el interés amoroso de una palurda de pueblo a la que llamaba Dulcinea del Toboso. Siempre acompañado por ese buen hombre campechano y panzón llamado Sancho, a lomos del entrañable Rucio. Aquellas andanzas, escritas en nuestra lengua materna, convertían a aquel personaje loco por sus lecturas de novelas de caballerías, en un ser universal e inmortal, que ya para siempre quedó prendando en nuestras vidas. Aquel orgullo parece haberse diluido en el tiempo, en un país que poco o nada presta atención a la cultura en general y a sus escritores, en particular, pero aún con todo, este fin de semana es motivo de regocijo, de alegría. Por recordar aquellas sensaciones sepultadas con el paso de los años, por servir de excusa para afrontar una nueva lectura de tan apreciado libro. Este fin de semana estamos de fiesta, la de la literatura con mayúsculas a través del homenaje y recuerdo a dos de sus escritores más impresionantes. 

 Veintitrés de abril. Día señalado del calendario; también ese día nos dejó Shakespeare, el mejor dramaturgo de todos los tiempos; mi forma de homenajearlos es haciendo lo que ellos, como cualquier persona que escriba, más agradecerían: sintiendo que son leídos. Más adelante le llegará el turno al genio inglés y a sus lecturas. Hay año por delante para ello; por ahora comienzo con las andanzas de ese Alonso Quijano manchego, ya sea de Argamasilla de Alba o de cualquier otra parte, de cuyo nombre no quiso acordarse el autor, y  cuya lectura forma parte de mi currículum existencial junto a otras lecturas insignes: La Iliada de Homero, leída en mi mas tierna infancia, La Metamorfosis de Kafka, que con apenas trece años me dejó un poso interno de reflexión y conciencia ante lo evidente y no tan evidente que no me ha abandonado desde entonces, Crimen y Castigo de Dostoyevski, cuyo realismo y plasticidad me han hecho devoto de los grandes autores rusos, así como de sus historias y trasfondos sociales o El Príncipe de Maquiavelo, tratado político tan rotundo y práctico que puede usarse como libro de cabecera para todas las cuitas que tenemos pendientes en nuestro día a día. Son por tanto cinco, si sumamos El Quijote, las grandes obras, las grandes lecturas que han marcado mi vida. Quizá algún día me atreva a reflexionar en profundidad sobre ello y sobre cómo han condicionado mi exitencia. Por ahora baste esta pequeña pincelada para celebrar mi particular Día del Libro, como no, leyendo.