Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




lunes, 27 de julio de 2015

Seny

 Seny es en Cataluña sinónimo de prudencia o ponderación. Vinculado a algo más que a un mero comportamiento individual, con ese término se establece todo un conjunto de costumbres y valores ancestrales que , amparados en  el sentido común, motivaban unos determinados comportamientos sujetos a una determinada escala de valores y a ciertas normas sociales que establecían a la condición de catalanidad un aspecto claramente diferenciador del resto. Durante muchos años, ese término, tuvo un fuerte componente político, y con el se apelaba a la moderación y realismo del catalanismo a la hora de afrontar sus disputas políticas con el poder político central.

 Hoy no queda ni rastro de ese seny ancestral que tanto dio que hablar en el pasado. Ha dejado de ser una seña de identidad, para pasar a convertirse en un simple vestigio del pasado, ajeno a cualquier tipo de realidad reconocible en el presente. Los colectivos evolucionan, y de ese carácter conciliador pero independiente y de curso propio, apenas si quedan algunos coletazos mínimos, sensiblemente minoritarios en una sociedad como la catalana, sumida en una intensa deriva frentista y separadora.

 ¿ Qué ha pasado para que las cosas hayan cambiado tanto? Remitiéndonos a la reflexión anterior, que los grupos de convivencia mutan, y transforman unas ideas dejando paso a otras, la evolución de Cataluña como entidad política y cultural, ha evolucionado en un claro sentido nacionalista. El empleo del catalán como lengua vehicular en el ámbito académico, así como la obligatoriedad de uso en actividades de ámbito público e incluso privado, han calado en el sentir identitario de un país, cuyos símbolos y referentes han evolucionado en una dirección diferente a la de otros territorios del Estado. Tras la apoteosis colectiva de los JJ.OO. de Barcelona, momento importante en la historia catalana desde un punto de vista identitario, al ser el catalán lengua oficial junto al castellano, ingles y francés, puso en órbita a una lengua cuyo reconocimiento internacional esta fuera de toda duda, y que vive pendiente de su aceptación en la UNESCO como identidad cultural propia, reconocimiento vetado por el gobierno español que ve como una ruptura de la soberanía nacional la creación de entes autónomos vinculados a alguna de las lenguas cooficiales en organizaciones internacionales.

 Muchos y muy variopintos han sido los desencuentros que en materia económica y política han protagonizado  administración central y autonómica, teniendo su punto más álgido y, a su vez, punto de inflexión, la sentencia del Tribunal Constitucional en 2010, que declaraba carentes de eficacia jurídica algunos artículos del nuevo Estatut, entre ellos, aquel que proclamaba a Cataluña como una nación. Ese acontecimiento legal, viciado en origen al permitir el alto tribunal un recurso de parte después de que la norma de convivencia fuese votada por sufragio, ha servido de espita que abriera la caja de los truenos de un movimiento nacionalista, envalentonado por la evolución cultural del país, y los claros desafectos recibidos por la administración central. Todo ello agitado en una coctelera de despropósitos, nos ha conducido a esta situación de enquistamiento, donde el frentismo y la exhacerbación campan a sus anchas sin que nada ni nadie parezca en disposición de poner coto al asunto o de, al menos, encontrar la panacea para calmar las aguas.

 Pudiera parecer que todo está perdido, y que el próximo día veintisiete de septiembre, las esperpénticas elecciones convocadas por el President de la Generalitat en clave plebiscitaria, las urnas arrojarán una clara mayoría para una lista única de partidos por el si, de donde se derivará la posterior DUI o declaración unilateral de independencia, momento para el que la administración catalana viene trabajando con denuedo, con la creación de estructuras de estado ( diplocat, agencia tributaria propia, etc). De tales acciones se deducirá una respuesta obvia por parte del ejecutivo, que cuenta con suficientes instrumentos legales como para declarar nulas cuantas acciones se propongan en el entorno catalán, siendo la última de las mismas la intervención de la autonomía a través de lo dispuesto en el artículo 155 de la Constitución. Sería todo ello elevar al extremo el clima de confrontación de un España, cuya credibilidad exterior goza de una mejorable salud, y cuya principal razón de actuación debiera ser otra, la de crear empleo y así aliviar la precariedad de muchas economías domésticas.

 Ahora más que nunca hay que apelar a ese espíritu del seny, que renovado, debe permitir solventar estas disputas que llevan a esta piel de toro a vivir una de sus horas mas sombrías. Dialogo, mesura e intencionalidad en llegar a acuerdos, deben ser la premisa necesaria que elimine aspavientos innecesarios y minimicen la acción y objetivos de un catalanismo soberanista, amparado en la dureza de la situación económica para dar alas al separatismo. No nos engañemos, se mire por donde se mire, solo un camino es posible: el de la reforma y actualización de la Constitución del setenta y ocho. En ella debe darse cabida a la realidad de un país donde todos han de encontrar reconocimiento a su singularidad, especialmente en material cultural y lingüística. No en vano lengua y cultura son siempre patrimonio y riqueza y por lo tanto motivos de orgullo y unión, algo que la comunidad castellano-parlante no consigue asimilar en su mayoría. Un error histórico que se antoja difícil de solucionar dada la falta de voluntad por parte de la comunidad mayoritaria. Una vez más, aunque parezca tirar de tópicos, es necesario invertir en educación para revertir una situación que permita ver la pluralidad lingüística y cultural como un patrimonio enriquecedor y no como un elemento de confrontación y división.