Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




viernes, 22 de noviembre de 2013

Libertad y Seguridad


Aunque sigue siendo en términos jurídicos y políticos un anteproyecto de ley, o lo que es lo mismo, un bosquejo inicial de una iniciativa que aun anda en pañales, ya podemos decir que ya está aquí, la esperada Ley de Seguridad Ciudadana, nombre que ha venido a darle el Presidente del Gobierno en reciente comparecencia en el Congreso de los Diputados.

 Omitiré las sensaciones que el enunciado de la misma me ha traído a la mente y las evocaciones que la misma pueda sugerirme. Es intención de esta entrada hacer una valoración de la iniciativa en si y de su conveniencia en este momento político concreto. 

  Ha sido este un meditado y último paso dado en una clara estrategia de comunicación, ya iniciada semanas atrás y que viene aupada en volandas tras las tristes consecuencias de la huelga de basuras que recientemente ha vivido la capital. A las proclamas del Presidente de la Comunidad de Madrid, señor González, vinieron a sumarse las de la Delegada del Gobierno en la Comunidad, Señora Cifuentes, redundando ambos en declaraciones que venían a desembocar en un mismo objetivo: transmitir a la ciudadanía la necesidad de regular el derecho a huelga determinando una norma que garantice los servicios mínimos en caso de que se realicen y que elimine posibles disturbios y desmanes.

   A la espera de que el citado proyecto vea la luz, se insiste en que lo hará como muy pronto a mediados de 2014,  algunas reflexiones pueden hacer en relación a semejante pretensión legislativa.

En general este gobierno, que vive sustentado por una mayoría absoluta parlamentaria y que posee un sorprendente recorrido electoral, si nos  atenemos a lo que las sucesivas encuestas le otorgan y cuyo desgaste es menos notorio de lo que cabría  pensarse a estas alturas, más aun si cabe  tras dos años de decisiones impopulares, se caracteriza por un rasgo más que significativo, y no es otro que el de sentir un profundo temor.

  Dicho de un modo más claro y resumido: Es un gobierno que tiene miedo a la calle.

 Tras el a priori loable deseo de mantener intactos los derechos de los ciudadanos, parte siempre perjudicada con la convocatoria de un paro, más si cabe cuando el mismo se refiere a servicios sensibles para la comunidad, se esconde el deseo irrefrenable de mantener bajo control cualquier iniciativa que pretenda hacerse fuerte en las calles.

 Para obstaculizar y castigar aquellas acciones que cometan sujetos que se extralimitan en sus reivindicaciones ya están policía y jueces, cuya labor consiste en velar por el cumplimiento de la ley y sancionar a aquellos que no la cumplan con sus actos de sabotaje. Con leyes como esta se pretende transmitir a la opinión pública que todos los miembros de esos colectivos son iguales y que es necesario ponerles freno si se quiere garantizar la salubridad de todos. El fin último además de injusto es sencillamente falso porque no se ajusta a la realidad. Justicia es perseguir a los culpables no convertir en sospechosos de delito a todos. Para colmo con iniciativas así se corre el peligro de soliviantar derechos que están consolidados en regímenes democráticos. Una vez más, este fin no ha de justificar que se alcance por estos medios.

 Tal vez en el trasfondo de esto haya que buscar otros argumentos. La derecha de este país suma a sus ya vetustos temores, el de volver a perder el poder a raíz de cualquier actividad que se escape a su control y que pueda cocerse en las calles. El recuerdo de las elecciones de marzo de dos mil cuatro, cuyo desenlace final dio un vuelco imprevisto a lo que todas las previsiones marcaban, ha quedado grabado a fuego en el imaginario de un partido que no se siente fuerte pese a lo que determina  la aritmética electoral. Para colmo, el reciente experimento del 15-M, cuyos perfiles a día de hoy parecen diluidos, sigue estando presente en un partido y un gobierno que temen que protestas de ese calibre puedan volverse en su contra, como hicieron con la anterior administración depositaria del poder ejecutivo. Ante tales mimbres, consideran del todo necesario mantener bajo cuerda toda pretensión de acción colectiva, venga justificada o no, por la defensa de los derechos de colectivos ya de por si castigados de otros modos.

 Habría que recordar a algunos inquilinos de La Moncloa y aledaños lo que significaba (y en teoría aún hoy debe significar ser liberal). Que relean a los clásicos y se empapen de unos ideales que este partido y este gobierno no encarnan. Podrían echarle un vistazo a On Liberty de Stuart Mill, tal vez si lo emplearan como libro de cabecera no se sintieran impelidos a cometer tropelías como el activar iniciativas legislativas como esta, que pretende atar en corto bajo la bandera de la libertad, en lo que, en cambio es una iniciativa de control que se aproxima a los limites de lo autoritario en su esencia, aunque venga aprobada por mayoría en la cámara baja elegida democráticamente.

 El Gran hermano de Orwell no deja de estar de plena actualidad, y es que es una tentación casi inevitable por parte de aquellos que aglutinan el poder, la de pretender controlar al milímetro a aquellos sobre los que se ejerce el mismo. 1984 criticó en su base las malas praxis de un totalitarismo estalinista que dejaba sin margen de maniobra  a quienes vivían en las comunidades socialistas bajo la larga y tupida sombra del telón de acero. Habría que preguntarse cuan lejos andan de aquello determinadas prácticas llevadas a cabo en las democracias representativas corrientes, cada vez más ausentes de convicción y legitimidad para llevar a cabo aquellas tareas para las que han sido ideadas.