Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




viernes, 14 de septiembre de 2012

A perro flaco...

 A perro flaco todo son pulgas. Este refrán de uso común y popular que forma parte del lenguaje común de la calle se aplica cuando la mala suerte y la desgracia se ceban con aquellos más necesitados o que más están sufriendo. El pasado martes 11 de septiembre, aprovechando la conmemoracion del Día Nacional de Cataluña, la popularmente conocida como diada, se produjo la mayor concentración en forma de manifestación jamás celebrada en Cataluña en favor de la Independencia. Cientos de miles de personas inundaron las calles del centro de Barcelona colapsándolo y superando con creces todas las expectativas que pudiera generar una convocatoria promovida por la denominada Asamblea Nacional de Cataluña. Personalidades del mundo de la política de prácticamente todos los partidos, así como integrantes del mundo de la cultura o el deporte dieron sus muestras de apoyo en una iniciativa sin parangón. El apoyo popular registrado,supera en número y trascendencia la manifestación de 2010 convocada en defensa del Estatut, tras conocerse la sentencia contraria al mismo del Tribunal Constitucional.

 Apenas han transcurrido unos días desde su celebración, pero aún no dejan de arder los rescoldos generados por la misma. Sería erróneo además de falso no reconocer que ha levantado ampollas; en esta ocasión la sensación derivada de esa manifestación es otra y, aunque quiera obviarse, hay dudas de que pueda haber canales de entendimiento o de una vuelta atrás.


 Se ha atravesado el Rubicón. 


 El Presidente de Cataluña, Artur Más, insiste en que debe dotarse a Cataluña con instrumentos de gobierno de estado y en que debe pactarse una autonomía fiscal con la que poder hacer frente al déficit impositivo que registra Cataluña con el mismo; dicho de otro modo: tener un concierto económico y fiscal parecido al de Euskadi y Navarra, que permita a los catalanes gestionar sus propios recursos y hacer frente a sus pagos y a los del conjunto del estado con el correspondiente cupo, según sean los servicios que este preste a Cataluña.
 
 Por enésima vez vuelve a ponerse en cuestión, más bien en jaque, el modelo territorial y de estado. Cada cierto tiempo, casi de un modo cíclico, muchas son las voces que se alzan exigiendo cambios en el artículo VIII de la constitución y en el modelo de descentralización del estado. Esta vez con la crisis económica como telón de fondo, el sistema ha dejado a la luz su incapacidad de gestionarse de manera eficiente, ya sea
por la incapacidad de sus dirigentes, la esclerosis de las estructuras organizativas, la duplicidad de entes en la función pública o la falta de recursos derivados de las medidas de ajuste, consecuencia directa de la recesión económica.

 La manifestación del 11 de septiembre probablemente ha sido algo más que un simple acto popular identitario. Ha sido una muestra inequívoca de hartazgo, de inconformismo, de desmoralización ante una realidad que lejos de darnos tregua alguna, parece que por momentos nos empuja haciéndonos ver el principio del abismo; bajo las consignas de la independencia muchos acudieron a la cita pidiendo algo más que una emancipación política: piden respuestas ante una situación que por momentos parece imposible de modificar y haciendo culpable de todos los males a España y sus gestores.

 Será conveniente tomarse un periodo de reflexión, para evitar sacar conclusiones en caliente antes de tiempo. Queda por delante un otoño en clave electoral que puede dar las claves y pautas a seguir y si es necesario o no afrontar un nuevo periodo constituyente. Y mientras habrá que seguir capeando el temporal en lo económico.

 Difícil mostrarse optimista en un momento como este. Quevedo mejor que nadie supo poner rima con total maestría a  momentos tan duros con unos versos inolvidables en forma de Soneto:


Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.