Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




domingo, 28 de junio de 2015

Panteón

 Apenas si fue una visita relámpago de algo menos de sesenta horas, promovida por la estancia allí de un buen amigo, residente en París, a cuya invitación venía resistiéndome desde hacía tiempo atrás. Esa visita ha acabado convirtiéndose en  la segunda entrega o etapa de una primera, realizada hace ya algo más de veinte años, fruto del clásico viaje paso de ecuador de la carrera, que fue la excusa que busqué a mediados de los años noventa para poner por primera vez los pies en tan emblemática ciudad.

 De aquella primera entrega, por decirlo así, quedaron recuerdos increíbles, como la visita al Louvre o a la Torre Eiffel, cosa que hicimos una fría mañana de marzo, a pie por aquello de disfrutar de tan hermosa instalación de hierro y remaches y que acabó convirtiéndose en una pequeña aventura, entre otras cosas por la nevada que nos cayó, con ventisca incluida. La visita a Ile de Notre Dame, de cuyos rosetones y arbotantes  he vuelto a disfrutar en esta nueva escapada o el paseo por el Sena en barco, fueron otros puntos reseñables de un viaje, que aunque tuvo una segunda parte en Amsterdam, siempre nos dejará el único recuedo de una ciudad, de cuya belleza uno no puede menos que enamorarse permanentemente.

 Hubo algunos sitios que hubiese deseado visitar entonces, y que por falta de tiempo se nos hicieron poco menos que misión imposible. Entre ellos estaba visitar el Hospital de los Inválidos, a cuya vera, mandó construir Napoleón el Palacio que alberga el panteón donde se hayan sus restos, en una colosal tumba que pone de relieve el perfil y la magnitud del sujeto, cuyos restos reposan en una urna cineraria de mármol inmensa. Si a la visita, que ponía por todo ello remedio a la falta de la primera, se le sumaba la coincidencia de una efeméride, el doscientos aniversario de la Batalla de Waterloo, en la que el Duque de Wellington venció a las tropas de Napoleón II, todo ello terminó por dar a la visita una impronta sublime, que hizo que se convirtiese en más que una visita, un regalo: bien ha valido esperar estos veinte años para coincidir el conocimiento de la tumba de Napoleón, cuando han transcurrido docientos de aquella batalla en tierras belgas que marcó el futuro de la Europa de comienzos del siglo XIX.


 Aún asombrados por la magnitud y boato de la tumba del emperador corso, jalonamos la mañana de visitas con un paseo por los Jardines del Museo Rodin, Los Jardines de Luxemburgo, justo a la vera del Senado Francés y como colofón, rendimos obligada visita al Panteón de París, lugar de entierro y homenaje de personas ilustres, aquellas que por sus méritos han alcanzado la inmortalidad y el reconocimiento de los franceses, haciéndose dignos acreedores del honor de ver sus restos y despojos alojados en alguna de las tumbas que el Panteón incluye en sus catacumbas, sencillamente distribuidas en criptas sin apenas lujo u ostentación que contrastan con las ínfulas del general que llevó los designios de la patria poniendo en jaque a toda Europa. Entre sus insignes inquilinos, puede uno visitar las tumbas de Voltaire o Rousseau, las de Víctor Hugo o Emile Zola, o las de Marie o Pierre Curie, entre otros muchos personajes dignos de esa distinción que los franceses le han otorgado al darles esta sepultura que es equivalente a rendirles culto y reconocimiento eternos
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 Recientemente el Panteón volvió a abrir sus puertas para dar cobijo y reposo a cuatro miembros de la resistencia francesa, dos hombres y dos mujeres (Germaine Tillion, Pierre Brossolette, Geneviève de Gaulle-Anthonioz y Jean Zay), que han recibido sepultura junto a tan nobles individuos. Visitando la exposición que al efecto se realizaba allí y mientras en un vídeo reproducía el discurso solemne que el presidente de la República, Françoise Hollande, había pronunciado en el traslado de los restos, he de reconocer que sentí una enorme envidia. Envidia por comprobar como nuestros vecinos tienen símbolos que pueden considerar nacionales, lugares que convierten en sitios de culto y respeto y que emplean como elementos de unión. Sentí envidia al comprobar como sienten que tienen esos lazos y que, pese a las muchas diferencias que sin duda les atenazan, siempre la Liberté, egalité y fraternité, funcionan como panacea para considerarse miembros e inquilinos de una república cuyos valores, sin duda laicos, permiten al país avanzar unido a pesar de las adversidades que puedan acaecer en el futuro.

 Sentí envidia, lo reconozco. Lo que daría por tener aquí un estado de cosas mínimamente parecido que nos permitiera sentirnos parte de algo colectivo, pero mucho me temo que aquí la historia es muy diferente por la inevitable tendencia a la dispersión, que nos lleva a convivir en este permanente estado de reinos de taifas en que se ha convertido España en los últimos años. Quizá lo haya sido siempre, vistas las inquinas, celos, trifulcas y permanentes estados de competitividad en que vivimos, incapaces de sumar esfuerzos para crear algo colectivo en lo que creer. Quien sabe, igual es solo cosa de tiempo, y de tener paciencia, y de dejar pasar unas cuantas generaciones más; a lo mejor algún día tendremos algo parecido a ese Panteón donde puedan visitarse los restos de CervantesVelázquez, aunque antes habría que encontrarlos. Nunca un pueblo ha sentido menos aprecio y respeto por sus simbolos y personajes ilustres como este. Habrá que apechugar con ello. Como siempre.